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Como regalo de boda, solicitaron donaciones para combatir la desnutrición en Santiago del Estero

Sol y Beto se mudaron desde Río Cuarto para poner en práctica un sistema, que en poco tiempo, salvó la vida de muchos chicos y empoderó a sus mamás.

8:36 AM 10/19/2019


Para su casamiento, Sol , Soledad Scheurer y Beto, Humberto Roccia, desafiaron a sus invitados con una propuesta: les pidieron que se convirtieran en padrinos de un plan que parecía imposible. La pareja de riocuartenses, él contador y ella ingeniera agrónoma, quería mudarse al monte santiagueño para combatir la desnutrición infantil y necesitaba fondos para financiar el proyecto.

Tres años después, el imposible se transformó en un programa de abordaje integral de la desnutrición que llamó la atención del presidente Mauricio Macri y del gobernador Gerardo Zamora, pero lo más importante es que revirtió la condena al retraso de cientos de chicos de Weisburd, Quimilí, Campo Gallo y otros parajes de Santiago del Estero.

Misioneros en África

El origen de todo fue el deseo de convertirse en misioneros en África. "Queríamos irnos a ayudar allá, y para prepararnos, nos formamos en misionología. Como práctica, teníamos que viajar en enero un mes a alguna localidad y elegimos Weisburd, un pueblo en Santiago", recuerda Sol.

"Llevamos juegos y actividades didácticas, pero veíamos que los chicos no reaccionaban, no comprendían las consignas. Al principio pensamos que era nuestra culpa, pero después le preguntamos a gente de la comunidad -dice Sol-. Nos respondían que los chicos 'nacían así'. Es más, llegaban hasta segundo o tercer grado y después no podían seguir la escuela.'Por suerte, tenemos ahora una escuela especial', se resignaban".

Para los lugareños, que sus chicos no aprendieran era natural, y aceptaban que no pudieran educarse ni alcanzar los niveles de respuesta de otros de su edad. Para Sol y Beto, sospechar que todo era consecuencia de la desnutrición fue un quiebre. Abandonaron la idea de irse del país y comprendieron que eran necesarios mucho más cerca.

Accedieron a un libro del médico Abel Albino sobre la desnutrición y lo consultaron. Él les confirmó que viajar un mes al año era insuficiente, que tenían que radicarse en el lugar si querían incidir sobre la realidad. Así fue como decidieron dedicarle la vida al proyecto y cuando se casaron, pidieron como regalo a sus parientes y amigos que se convirtieran en padrinos de la fundación "Dignamente" que habían formado. Necesitaban fondos para retribuir el esfuerzo del equipo interdisciplinario que ya trabajaba con ellos: médica, fonoaudióloga, nutricionista, especialistas en oficios, maestra jardinera, estimuladoras tempranas. El abordaje del problema tenía que ser integral o no ser.

Ya habían abierto un centro en Quimilí, donde tenían un acceso más directo a profesionales que no había en otras áreas. El obispado de Añatuya les cedió un caserón de la iglesia que había sido residencia de monjas. Lo mismo ocurrió en Weisburd y se replicó en cada una de las sedes que eligieron para desarrollar un centro.

7 de cada 10 chicos, desnutridos

Los inicios fueron duros. El director del hospital provincial Houssay los recibió, pero les impuso condiciones. "Acá no hay desnutridos, nos dijo -recuerda Beto-. Entonces, tuvimos que salir a conseguir una prueba científica de nuestra hipótesis, datos antropométricos. Convocamos médicos, algunos de Río Cuarto, para armar un dispositivo sanitario y los resultados fueron escalofriantes: había 71 % de desnutridos en una muestra de 98 chicos y chicas".

Con la evidencia en la mano, el director les permitió trabajar, con la condición de que "no hubiera cámaras". "Que no trascienda", fue la condición que tuvieron que cumplir durante un tiempo.

"A nuestros centros vienen los chicos que tienen indicadores de desnutrición, pero también las mamás. La idea es que puedan empoderarse, convertirlas en protagonistas del cuidado de sus hijos pero también entrenarlas en un oficio, para que produzcan lo que consumen y otras cosas que luego puedan vender. Hacen alpargatas, conservas, aprenden albañilería", relata Sol. "Había mamás que eran analfabetas, y por eso no comprendían las indicaciones de la nutricionista. Los chicos no subían de peso, y no entendíamos por qué. Para ellas, hay un programa de alfabetización".

La mayor parte de las mujeres son madres jefas de hogar. Muchas, son adolescentes. Se vinculan de tal modo con los centros que resulta muy difícil dar un alta. "Nos dicen que no se quieren ir, que se hicieron amigas, que se sienten amadas, abrazadas. Por eso, los talleres de oficios, y también la huerta", sostiene Beto.

La nutricionista les había dicho que los chicos no sabían lo que era comer verdura, porque la dieta era "mate muy dulce y harinas, para tener la panza llena". Beto recuerda que los técnicos del INTA eran escépticos con respecto a la posibilidad de que hubiera huertas en el lugar. Tenían los recursos y les daban a las familias las semillas, pero no tenían éxito. "La clave era el acompañamiento, la contención. Empezamos con una huerta comunitaria, dos veces por semana. Los técnicos se emocionaron y nos asistieron en todo: tenemos ahora una gran capacidad de almacenar agua de lluvia para riego y después del entrenamiento, al que las mamás no faltaban, replicamos la experiencia en 154 huertas en las casas", resume satisfecho.

Después hubo que integrar la verdura a los hábitos de alimentación. Porque la acelga crecía, pero ¿qué se hacía con ella."Entonces, acelga más harina, ¡canelones de acelga!", recuerda Sol. La clave de la efectividad es el acompañamiento familiar. "¿Viste que una planta necesita un tutor hasta que puede crecer sola? Eso, la acompañante de cada mamá fue clave para empezar a ver resultados", agrega su marido.

"¿Cómo le dice una a una mamá que ya crió nueve chicos que el décimo está desnutrido? Es un proceso, hay que tener tacto, crear un vínculo. Mucha charla, mucho cariño, mucho mate. Si no, se produce el rechazo, y es lógico", indica Sol. "El problema acá es que hay muchas iniciativas para el pobre, pero muy pocas con el pobre", agrega Beto.

Los apoyos de la subsecretaría de Niñez del ministerio de Salud y del gobierno provincial fueron fundamentales. "Al ministerio en Buenos Aires, caímos sin cita de puro caraduras. Al gobernador lo comprometimos después de una visita del presidente", cuenta Beto.

Después de tres años de trabajo, consiguieron que la desnutrición infantil disminuyera. Están golpeados por la muerte reciente de un nene, la única que tuvieron que reportar desde que llegaron a la zona. Sólo eso les borra la sonrisa.

El diagnóstico que Sol hace es revelador: "Hay falta de oportunidades, violencia de género. No es una cuestión de falta de comida. Por eso es importante que las mamás tengan una salida, que se capaciten, que se alfabeticen".

Los proyectos de la Fundación "Dignamente" son ambiciosos. Podrían multiplicar las unidades de alpargatas que manufacturan. Quieren salir con la producción hortícola, que ya abastece a los pueblos vecinos más importantes a otras zonas, tal vez en forma de conservas. "Vi que vendían pimientos italianos importados en un shopping... no veo por qué no podríamos producirlos nosotros", se pregunta Beto.

Para ayudar a combatir la desnutrición en Santiago del Estero y convertirse en padrino o madrina (0358) 154836802 (03582) 15407168 o dignamente.org

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