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Paraná: el jueves a partir de las 20 presentaran el libro “El otro río”

Anna Caranta y Diego Martínez junto a sus dos hijos se encuentran en Paraná, son una familia nómada que viajan por el mundo. El jueves a partir de las 20 presentaran el libro “El otro río” junto a una exposición de pinturas en el Club Social con entrada libre y gratuita. En el mismo lugar contaran su historia de cómo es vivir en distintos lugares, que los llevo a tomar esa decisión y como educan a sus hijos.

00:28 13/7/2017




Anna Caranta nos relata:

Ignoro de dónde soy: siempre tuve dificultad para reconocerme parte de ese algo más grande que es un país, una tradición. Cuando me escucho definirme, a menudo con alguna respuesta distinta, hay contradicción. Desganada ya con el tema, suelo decir “francesa” o “argentina”, y me avergüenzo un poco por algo que, de un lado como del otro, suena a mentira.

Mamá nació en Buenos Aires. Por su casa pasaban artistas e intelectuales de izquierda muy comprometidos, amigos de mi abuelo. El llegó a intuir, en los tiempos que precedieron la dictadura, la bestialidad que vendría. A principios de 1976 mandó a mi madre y a su hermano, estudiantes, a Francia, donde vivía un gran amigo.

Al poco tiempo llegó el Golpe de Estado y unas semanas después, unos hombres fueron a su casa y se lo llevaron, rompiendo todo lo que no robaron. Mi abuela lo buscó un año antes de decidirse al exilio, junto a su benjamina que tenía entonces diez años. Vivió 39 años en Barcelona. De mi abuelo, Raúl Premat, se identificaron sus restos –había sido enterrado como NN– en 2009.

Para mi madre, los años pasaron, y ya no se trataba de volver a la Argentina, aun cuando la dictadura hubiera terminado. Se casó con mi padre, argentino también, enamorado con París al mismo tiempo que eterno nostálgico de su tierra.

Sueños que se defienden

Ser hija de inmigrantes o de exiliados de una dictadura genera ruido en la identidad de los que llegamos después. El dolor ajeno, la añoranza, el cariño y la bronca por un país lejano que uno desconoce pero que tus padres no dejan de recordar como suyo. Es como vivir en un lugar real pero tener otro virtual a veces más profundo.
Durante años resolví ser francesa y me negué a hablar el idioma de mis padres.

Al mismo tiempo lo entendía y las historias que escuchaba en casa no me dejaban indiferente, como tampoco la música y la comida argentinas. Pasaba horas preguntándoles a mis familiares por aquel país y los ausentes. Al final de la adolescencia, eso cambió. Necesitaba mis raíces. Volví a usar con mi familia el idioma tantos años callado. Finalmente, con veinte años y el primer ciclo universitario de cinematografía aprobado, compré un pasaje de ida a Buenos Aires.

Antes de partir, sentada en el piso del living de mi tío en París, miraba un atlas. Caí sobre un mapa de Latinoamérica: tenía desde pequeña la ilusión de realizar un gran viaje por el subcontinente. “Esto voy a hacer después de terminar la facu”, le comenté, y empecé a mover mi dedo de Argentina a Chile, a Bolivia, me detuve en Perú, subí por las cordilleras de Colombia, pasé el estrecho de Panamá, y seguí hacia México. Mi tío me miraba, dubitativo. “¿A vos te parece que viajar es tan fácil como mover un dedo sobre el mapa?” Una semana después estaba con mis padres en el aeropuerto Charles de Gaulle y una valija enorme que pretendía llevarse todo lo que me importaba: mis libros más queridos, fotos de mis amigos y familia, y algunos objetos o telas para hacer mío cualquier espacio. Mi padre logró, con su excelente humor, evitar las lágrimas.

Sin embargo, cuando el avión despegó lloré sin consuelo. Al mismo tiempo, sentía que necesitaba venir, que ese país en el que había nacido y crecido no era el mío. Cuando se secaron las lágrimas, ya convivían una mezcla de excitación y de alegría, de alivio y de infinita tristeza.

Al poco tiempo de llegar me di cuenta de que tampoco era argentina. Me costó asimilarlo pero lo sentía y me lo subrayaba la gente, preguntando por mi acento. No tenía la misma manera de relacionarme, hablar, pensar. Tuve que aceptar que tanto allá como acá, seguía siendo de otro lado… o de ningún lugar.

Una noche salí sola por Palermo a tomar algo y a escribir y lo conocí a Diego. Estaba apoyada a una pared, agregando una anotación en mi cuaderno cuando él se acercó con un piropo. Diego Martínez, de él se trataba, trabajaba entonces en la mesa de dinero del Banco Hipotecario, y eran pocas cosas las que parecían unirnos.
Pero hubo una tal sintonía entre nosotros que nos volvimos a ver y viajamos, de manera improvisada, a pasar un fin de semana a Entre Ríos. El amor que nació entre los dos nos empujó a compartir sueños de viaje y a decidir concretarlos juntos.

La familia y los amigos se asustaron. Fueron meses en los que nos sentimos muy solos, y al final de días agotadores nos dábamos fuerza para continuar. Nueve meses después de conocernos, el 20 de octubre del 2006, nos casamos y al día siguiente salimos en un bus hacia el Sur. Sentados, callados, aturdidos, impulsados hacia lo desconocido. En el andén, mi madre, mi padre y mi abuela, así como los padres de Diego y algunos amigos. Era, en el espacio de un año, mi segunda partida.

Pensábamos viajar un año y volver. Si nos hubieran preguntado en ese momento qué buscábamos por las rutas no habríamos sabido contestar. Nos atraía el aroma a libertad, alejarnos de nuestra cultura, verla a la distancia, conocer otras. Lo que no habíamos previsto es que el viaje iba a operar un cambio tan grande en nosotros que al año ya no se nos ocurría regresar. En Panamá vaciamos la mitad de nuestras mochilas para aliviarnos y dejar cosas que no necesitábamos más.

Decidimos ser nómades, superando miedos y prejuicios. Ya habíamos perdido el temor a las preguntas comunes, el “¿y después?”, “¿y la jubilación?”, “¿y tu carrera?”.
Confiamos en nosotros y en el camino, en nuestro instinto, y seguimos viajando. De México pasamos a España. Sin un peso, habíamos estirado los ahorros a duras penas, y vendido todo lo que podíamos. En Barcelona, en lo de mi abuela, estuvimos unos meses y trabajamos para poder seguir. Y un día estuvimos listos y salimos sobre una bicicleta doble y colorida hacia el lejano Oriente.

Fue allí que sentimos la necesidad de construir una familia.Flotante, movediza, sin una patria sino muchas, como si ese tema de la identidad se hubiera resuelto en lo irresuelto, en lo universal. “Si este viaje se trata de amor, y tener un hijo se trata de amor… ¿por qué no podremos tener un hijo en el viaje?”, pensamos. Me embaracé de mi primer hijo en la India. No sabía dónde nacería, solo sabía que quería que fuera en un lugar que pudiera sentirse como casa. Pronto conocimos a una partera española que estaba de paso en la India e hicimos amistad. Así fue como mi hijo nació en una casa y en el agua, a la luz de la vela, entre nuestros cantos, en un monte de Valencia.

Ser padre y madre era nuevo. Y en ese momento tan particular de la vida se instalan roles inconscientes en la familia, el deber de “lo mejor para nuestro hijo”. La voz de la sociedad nos decía que lo mejor era establecerse, trabajar, tener seguridad económica. Pero algo más fuerte nos habitaba: luchar para no olvidarnos de nuestros pasos, de nuestro sueño, seguir inventando a pesar del miedo. Y con el bebé de 4 meses, volamos hacia la India para continuar viaje los tres.

Habíamos aprendido a vivir con muy poco y con el bebé eso no cambió. Empezamos, sí, a mostrar y vender mis fotografías y los dibujos de Diego. Nos parecía inverosímil que eso llegase a funcionar, pero todo lo que habíamos hecho hasta aquel entonces lo era. La gente acudió a nuestros encuentros y se llevaba una fotografía o una pintura, una ventanita abierta sobre otros mundos. De a poco, pudimos financiar el viaje con esas iniciativas.

Seis años después de haber dejado Argentina, estábamos, mi marido, mi hijo, y yo, llegando a la frontera de Laos con China, sobre nuestra ya vieja bicicleta doble. Era época de monzón. Llovía. Y me surgía la necesidad imperiosa de contar, descargar años de andanzas. Pocos meses antes, había asistido al entierro de mi padre, fallecido de manera inesperada. Recordaba que él siempre había leído mis cuentos y poemas y llevaba años diciéndome que tendría que escribir un libro. Solo faltaba un lugar.
Las casualidades nos hicieron llegar a un pueblo del sur de China donde nos detuvimos más tiempo de lo usual. Un pueblo en la montaña, a 2000 metros, sobre un lago que llaman Erhai, “el segundo mar”. Llegó primero la invitación a un festival de arte, y la participación en un documental, se crearon amistades, pidieron nuestros trabajos para revistas, galerías, soñadores. Este era el lugar.

En el Oriente tuvimos -un par de veces- que salir del país donde estábamos por una nueva visa. Pero allí solucionamos pronto ese tema a partir de una visa estudiantil. Mi compañero empezó a pintar mucho y yo me puse a escribir. Nuestro hijo fue a una escuelita algunos días a la semana y se puso a hablar mandarín. Sí, ese idioma que en la Argentina usamos de ejemplo para mostrar que no entendemos algo (“esto parece chino”, decimos) era el que empezaba a hablar mi pequeño.

En aquel pueblo nació mi hija, y también mi primer libro. Dos años trabajé en su elaboración, y el idioma naturalmente elegido fue el español. Fue una elección inconsciente. Para ese entonces, yo soñaba y escribía en español. El libro, titulado El otro río, es un relato novelado y algo poético de mis primeros seis años de andanzas, del desarraigo, de la búsqueda. También es una pintura del mundo, de la gente que conocimos y sus historias.

Para ayudarme a reconstituir la historia, junté los cuadernos de viaje que había acumulado a lo largo de esos años. Y fue con extrañeza que descubrí que los primeros estaban escrito en francés. En algún momento, dejé ese idioma por el español. Así estaba en China cuestionándome sobre mi idioma materno.¿Era el de mi patria de nacimiento o el de mi madre? ¿Y qué era mi patria? Después de vivir tantos años en todos los lugares y en ninguno, con gente tan distinta, alejándome de mi historia para construir desde lo más ajeno, ¿de dónde era yo? ¿Y esa pregunta necesitaba acaso una respuesta?

Borges escribió “un idioma es una tradición, un modo de escribir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. Tal vez esa es la tradición que llevo, el escribir y leer en español, el percibir la realidad, ahora, desde este idioma.

Decididos a seguir siendo una familia nómade, el año pasado nos despedimos de China y nos subimos los cuatro a una moto multicolor con sidecar para recorrer el sudeste asiático y Oceanía.
Dejamos la moto en Indonesia hace unos meses para venir a la Argentina a presentar a los niños a su familia, para que “Argentina” también signifique algo para ellos, y para presentar el libro que fue escrito en su antípoda.

A veces, con Diego, nos sentamos y miramos el mapa del mundo. Es amplio, inmenso, y al mismo tiempo tan pequeño. Vemos en el mapa a los amigos dispersos, las lágrimas y las risas, las manos, las miles de manos que se tendieron hacia nosotros para que podamos seguir con esta fantasía de recorrer el mundo como si fuera una gran casa donde dejamos historias y nos llevamos otras.

Entonces, pienso sonriendo en aquella tarde parisina hace ya muchos años en que mi tío me miró perplejo y me preguntó si pensaba que viajar era tan sencillo como mover mi dedo por el mapa… Viajar, sí, es mirar el mapa y luego mover con ganas el dedo por el mapa, y saltar hacia allá.

Ahora somos cuatro en el camino; los niños crecen. Los cuatro tenemos necesidades distintas y cambiantes. La realidad se hace más compleja. Mientras sigamos viajando mis hijos harán la escuela a distancia (tanto Argentina como Francia ofrecen opciones). Entre montes budistas y llanuras musulmanas, entre mares de corales y elefantes salvajes aprenden a leer, a escribir y a contar, a pintar y soñar, pero también descubren el mundo pisándolo, las diversas culturas, idiomas y comidas. Cuando le preguntan de dónde es, mi hijo de seis años está frente a una problemática tal vez más vasta que la mía. Pero me sorprendió su última respuesta. Con una gran sonrisa dijo: “Yo soy del mundo”.

Anna Caranta nació en París en 1985. Hizo su bachillerato literario con opción Fotografía, sin saber que su cámara daría testimonio de los viajes familiares sin fin. Obtuvo un primer diploma universitario en Francia en Artes del Espectáculo (Universidad de Nanterre). En la Argentina continuó los estudios pero los dejó para iniciar, con Diego Martínez, su marido, la “gran travesía” que aún no tiene visos de finalizar. El viaje comenzó en 2006, primero de Argentina a México y luego de España a China. Allí estuvieron tres años y ella empezó a vender sus trabajos fotográficos. Publicó “El otro río”, libro que relata sus primeros años de andanzas por el mundo. Tiene dos hijos: Mael, que nació en España y Oiuna, que abrió los ojos en China.

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